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HISTORIAS, COSTUMBRES Y TRADICIONES-SANTA BÁRBARA-FAURA-CAPITULO II

Jose-Bea---Blog

 

 

 

HISTORIAS, COSTUMBRES Y TRADICIONES – SANTA BÁRBARA—FAURA—CAPITULO II

Santa-Barbara-2En el año 1998 cayó en mis manos, una historia de Santa Bárbara, y los gozos  antiguos que siempre se han cantado en Faura a Santa Bárbara.

Siendo miembro de la Cofradía de Santa Bárbara, presente estos documentos a la Cofradía y decidimos publicarlos para dar a conocer la historia, y los gozos, que ya no se cantaban porque, se cambiaron por otros, con la idea que al mismo tiempo las nuevas generaciones lo conservaran.

Sobre Septiembre del año 2007 acudimos al Ayuntamiento para que nos lo publicaran, nos dijeron que si, que para la festividad de Santa Bárbara, tendrían los vecinos el “llibret”.

Antes del 4 de Diciembre Festividad de Santa Bárbara, todos los vecinos de Faura disponían de la historia y los gozos de Santa Bárbara.

No se pueden imaginar con que alegría recibimos la noticia del reparto, pero al mismo tiempo tuvimos una gran decepción. Si, era la historia de Santa Bárbara y los gozos, pero no los que nosotros aportamos. ¿QUE PASO? Bueno esto será otra historia.

Teniendo documentación, y lo que me aportan, de Historias, Costumbres y Tradiciones, me he decidido a publicarlas, para que sean conocidas, y se puedan trasmitir a las nuevas generaciones.

José Bea

HISTORIA DE SANTA BÁRBARA, PATRONA CANÓNICA DE FAURA

SANTA BÁRBARA, VIRGEN Y MÁRTIR

Capitulo-II

La Santa sintió vivamente dejar su soledad; pero instruida por el Espíritu Santo, y fortalecida con la gracia, determino hacerse un retiro interior en el fondo del corazón, en donde esperaba no perder jamás de vista á su Dios. Como su padre era el pagano mas supersticioso que se vió jamás, había procurado llenar su casa de ídolos: al entrar Bárbara en ella quedó sorprendida de esta tapicería; y no pudiendo disimular su indignación, dijo á su padre con un tono indignado: ¿Qué hacen aquí todos estos ridículos muñecos? Dióscoro herido vivamente de esta pregunta, y de los términos de menosprecio de que se había servido para burlarse de sus dioses, la respondió con un tono áspero, mezclado de amenazas: ¿Cómo hablas así? ¿Llamas muñecos á los sagrados ídolos de nuestros dioses? ¿Ignoras acaso el respecto que se les debe, y á que castigo se expone el que les insulta? Nuestra Santa movida de compasión á vista de una ceguedad tan lastimosa, y animada al mismo tiempo de un nuevo celo, le dice: ¿Es posible, padre mío, que un hombre del juicio y cordura que vos, tenga por dioses á las obras de los hombres? ¿Ignoráis las infamias de una Venus, y los horrendos desórdenes de un Marte, de un Neptuno, de un Apolo, de un Júpiter? ¿Está sola multiplicidad de divinidades no es el mayor monstruo que se puede pensar? Sabed, padre mío, que no hay más que un solo Dios, el cual es el ser supremo, criador de todas las cosas, todopoderoso, infinito, soberano señor del universo, solo juez árbitro de la suerte de todos los hombres; y este Dios único y solo digno de respeto y adoración es el Dios de los Cristianos;  toda otra divinidad es pura quimera.

BarbaraDióscoro estaba tan aturdido de lo que oía, que parecía haber quedado yerto todo el tiempo que duro el razonamiento. Mas volviendo de su pasmo, se abandono á su natural fogoso y brutal; y haciéndole olvidar su cólera que era padre, arrebatado de un furor que no le permitía usar libremente de la razón, corre á tomar el sable para degollar á su hija, jurando por sus dioses que él mismo ha de ser su verdugo. No ignoraba la Santa lo que era capaz de hacer su padre, y así creyó que debía quitarle la ocasión de cometer un tan horrible parricidio: escapando, pues, de su furor por medio de la fuga, atraviesa un campo para buscar un asilo donde ocultarse. No bien había vuelto en sí Dióscoro, corre en su seguimiento; pero una roca se divide milagrosamente para franquearle el paso: mas esta maravilla hizo poca impresión en aquel furioso; el cual, habiéndola perdido de vista, se puso más colérico. Se informa donde estaba aquella á quien perseguía con tanto furor y rabia. Un pastor le señala una gruta cubierta de ramas donde la hija había ido á esconderse. Habiéndola encontrado el bárbaro padre, se arroja sobre ella como un lobo rabioso sobre una inocente oveja, la arrastra por los cabellos, y habiéndose convertido en furor toda su ternura, la trata con tanta crueldad, que hubiera causado lástima aun á las bestias más feroces. Llevándola después medio muerta á su casa, hubiera acabado de quitarla la vida, si hubiera creído poderlo hacer impunemente. Resolvió delatarla al gobernador por cristiana, esperando que podría negar la fe á vista de los suplicios, ó que si perseveraba en querer ser cristiana, por lo menos tendría el bárbaro placer de verla espiar en los tormentos.

No aguardo Dióscoro mucho tiempo á ejecutar su cruel designio: va á buscar al presidente, llamado Marciano, y le presenta aquella inocente victima atada como un criminal, y maltratada toda á golpes. Viendo Marciano á esta joven doncella, en quien la mansedumbre y la modestia igualaban á la belleza se movió á compasión: la hizo quitar los cordeles con que estaba atada, y blasfemando de la severidad que el padre había usado con ella, emplea todos los artificios para hacerla renunciar su religión. Alaba su belleza, su talento, sus raros meritos, y le promete todo lo que puede lisonjear y tentar á una doncella joven, si quiere obedecer las órdenes del Emperador, y adorar los dioses del Imperio. Entonces nuestra Santa, que hasta aquí no había dicho palabra, hablo al Gobernador con tanta energía y elocuencia de la nada de todas las ventajas pasajeras con que la lisonjeaba, de la quimérica y extravagante divinidad de los pretendidos dioses de los paganos, y de la verdad y santidad de la religión cristiana, que toda la asamblea quedo admirada; el juez mismo se sorprendió; pero temiendo caer en desgracia de la corte si disimulaba el hecho , ó si no usaba de severidad con esta joven cristiana, la hizo despedazar á golpes, que hicieron de todo su cuerpo una sola llaga: después, poniendo sobre su carne un horroroso cilicio de cerdas, la hizo encerrar en un calabozo, donde cada instante sufría un horrible y doloroso suplicio. Jesucristo se la apareció por la noche, la consoló, la ánimo, y la prometió sostenerla en medio de los tormentos; y para darle pruebas sensibles de su protección, la curó repentinamente de todas sus llagas.

Bibliografía: Santoral del Año Cristiano, año 1854

PROXIMAMENTE: El capítulo III

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